Cuando no pintan rosas, los tres principios de la Revolución Francesas se van por el desagüe: la fraternidad se transforma en expulsión de gitanos pobres; la libertad, en una utopía imposible para la ferocidad de los mercados; la igualdad en algo molesto, antieconómico y disponible para la defenestración. Contentos estarán los cavernícolas de este y otros países. De paso, tal vez regresemos a conceder, de alguna manera, eximentes al machismo.
La Igualdad, con mayúsculas, ha costado una larga lucha de miles de mujeres, ésas que, por ejemplo, se negaron a reconocer como un privilegio que les abrieran las puertas de las fábricas de armas, allá por 1916, porque los hombres estaban en las trincheras. De mujeres que hubieron de renunciar incluso a privilegios personales por defender al colectivo. De mujeres colocadas como piedras de un largo camino, eso sí, fácilmente bombardeable.
Cierto que es un asunto de calado educacional esencialmente, pero también de estricta vigilancia y profundo respeto. Respeto que no existe si, a la menor dificultad, se recorta por donde siempre, como el caramelo que se regala al niño si aprueba y se suspende cuando la economía doméstica se tambalea. ¿Será que los hombres de nuestro Gobierno nunca creyeron en aquello que defendieron, tal vez porque ‘sonaba bien’ ante las elecciones? Se me ocurre, señor presidente, que no vendría mal un recorte de presupuestos para el Ejército, por ejemplo, dado que no pensamos atacar a ningún vecino. Incluso puede que le sobren bastantes ‘cargos de confianza’, pero, que conste, a las mujeres que llevamos toda la vida intentando hacer cierto el principio de la Igualdad no nos gusta su recorte. Porque, no solo se extingue el Ministerio, se recortarán, seguro, las políticas de apoyo para lograr esa ansiada igualdad.
Contentos están los cavernícolas que miran a las mujeres triunfadoras con el recelo de los mediocres y, por desgracia, muchas de esas mujeres que, por ejemplo, van a un programa de la telebasura, despechugadas y ‘señoras’ para afirmar que ‘esa pelandusca’ se metió en mi matrimonio y me robó el marido. Como si fuera una propiedad privada y, además, tonto, puesto que no decide él, sino la pelandusca. Contentos pueden estar también esos hombres asesinos de mujeres que osan abandonarlos tras aguantar años de garrotazos; terminarán por convencerse de que el asunto ‘femenino’ ni es serio, ni se tiene suficientemente en cuenta.
Nada, que la Igualdad ni siquiera era una utopía, señoras, así que regresen a casa, estudien economía doméstica, aguanten al tipo si se pone ‘nervioso y violento’ y, caso de que sus cualidades las lleven por el mal camino laboral, olvídense de aspirar a romper techos de cristal blindado:
Regresa ‘el hombre’. A pelo y de pelo en pecho.
Fuente: Blanca Álvarez (El correo de Vizcaya)